lunes, 13 de enero de 2014

INMORTALS: Capítulo 2

Y por fin el segundo capítulo! Quería subir el tercero también pero no ha sido posible... Disfrutadlo mucho!!! Espero vuestros comentarios!!! >3<




Capítulo 2
Londres, 1849
La puerta principal de la mansión se abrió y el conde les dio la bienvenida a los tres hermanos. Les saludó con cortesía.
-Hoy está especialmente hermosa, señorita Black. No se ofendan, pero es imposible no fijarse en su bella hermana.
Mary Ann le brindó una falsa sonrisa al conde y miró a sus hermanos desconcertada cuando les dio la
espalda para dirigirse a la sala de tomar el té. Ellos jamás le habían dicho que fuesen hermanos. En la sala estaba su esposa, su hija mayor y dos niños gemelos de aproximadamente siete u ocho años. Rieron juntos, se contaron los chismes que corrían por la ciudad y comieron pastas caseras de la esposa del conde. Al cabo de una hora los niños se fueron al estudio con su profesor particular y se quedaron los adultos solos en la sala. El conde estaba con los nervios a flor de piel y, aunque él creía que no, los tres muchachos lo notaron. Era imposible sonsacarle información directa sobre el pergamino y no querían arriesgarse después de enterarse de que sabía que eran hermanos. En ese instante uno de los sirvientes entró atravesado por una espada y seguido de este un disparo pasó silbando cerca de la cabeza de Sanghyuk. Todos se echaron al suelo y se escondieron tras los sofás.
-¡¿Qué está pasando?!- gritó aterrada la esposa del conde.
Éste salió gateando por la puerta a la derecha de la estancia, dejando a su indefensa esposa allí. Mary Ann maldijo para sus adentros y agradeciendo haberse puesto el miriñaque pequeño, sacó como pudo sus dagas de debajo de las faldas. Sus hermanos la imitaron y sacaron sus propias armas. Hongbin dio el primer disparo. Sanghyuk disparó el segundo esperando a que su hermano cargara. Mary Ann asomó la cabeza tratando de ver a su atacante, pero no necesitaba verle para saber quién era. El hombre encapuchado. Parece que ha venido con todo un carruaje de armas. Con ayuda de la daga rompió su vestido y se quitó el miriñaque ante la horrorizada mirada de la señora de la casa. Le dirigió una mirada irritada y salió de detrás del sofá corriendo hacia las puertas mientras sus hermanos la cubrían. El encapuchado al ver que se acercaba salió disparado por la puerta principal, pero eso no detuvo a la joven que fue tras él con Hongbin y Sanghyuk pisándoles los talones. Le lanzó una de las dagas que le pasó rozando la pierna izquierda. De repente el encapuchado giró y se escabulló por un callejón estrecho. La muchacha se detuvo y golpeó el suelo encolerizada.
-Ha vuelto a escapar- susurró Sanghyuk sin aliento por la persecución.
Hongbin guardó el arma y derrotado fue en busca del carruaje.
-¡Algún día sabré quién sois! ¡Y ese día desearéis no haberos entrometido en mi camino!

Londres, actualidad
Hongbin sirvió la cena en la mesa y se sentó junto a sus hermanos. Los tres cenaron en silencio y cabizbajos. Mary Ann estaba decidida a rendirse definitivamente y a dejar de buscar los pergaminos que la harían supuestamente mortal. Ya no tenía ninguna esperanza. Ni para ella ni para sus hermanos. Eso era lo que más la atormentaba. Les había prometido ayudarles a ser personas de verdad, personas normales. No personas buscadas por un sicópata que quería acabar con ellos y robarles los pergaminos por una desconocida razón. Aquello no era vida. Mary Ann se levantó de la mesa y llevó su plato al fregadero. Cuando pasó por el lado de sus hermanos para ir a su habitación el mayor la sujetó por la muñeca.
-¿No crees que ya va siendo hora de sincerarnos con Tibby y los chicos?
Apartó la mano de Hongbin con suavidad y le miró a los ojos sombría.
-No me fio de ellos.
-Llevamos más de dos años trabajando con ellos. Creo que merecen saberlo- repuso el pequeño.
-¡He dicho que no!
Dio un portado y se escabulló entre las sábanas, intentando aplacar su amargo llanto.
A la mañana siguiente se levantó con la cara hinchada. Por suerte Hongbin y Hyuk seguían durmiendo, así que aprovechó para dar un paseo matutino. Se puso los pantalones y se calzó las botas. Por si acaso se guardó una navaja en la bota y la pistola en el bolsillo interior de su cazadora. El viento helado se le caló hasta los huesos y se arrebujó en la chaqueta. Las hojas de los árboles caían y se desperdigaban por las baldosas del paseo. La gente paseaba: unos solitarios, otros con sus familias, parejas cogidas de la mano. María desvió la mirada y la fijó en el suelo mientras caminaba. Cuando se acercaba el invierno era la época en la que más añoraba tener una familia y una vida normal. Poder ir de compras, montar el árbol, cantar villancicos, besarse con un chico bajo el muérdago… Tenía 537 años y todavía no había amado a una persona. Momentos antes de entrar en un café a por un chocolate caliente vio una figura encapuchada reflejada en el cristal de la puerta. Se giró y fue tras ella. Apartó a las personas disculpándose secamente y trató de no perderlo de vista. Giró hacia las calles menos concurridas. Ya casi le había alcanzado. Cuando estaba a apenas medio metro de él se lazó y rodaron por el suelo hasta que María quedó sobre él. Sacó la pistola y le apuntó entre ceja y ceja.
-¡¿Pero qué cojones haces?!- gritó el chico aterrorizado.
La capucha se le había caído en su forcejeo y consiguió verle la cara al fin. Era un muchacho de tez blanca y ojos rasgados. Su pelo negro y despeinado le daba un toque de chico malo que hizo que el corazón de María se acelerase, pero no dejó que sus hormonas le jugaran una mala pasada. Le obligó con el arma a apoyar todo su cuerpo en el suelo.
-Estoy harta de que me persigas e intentes matarme. Quiero que me devuelvas los pergaminos que nos has estado robando durante estos años y luego te atravesaré la cabeza con mi daga. ¿Lo has entendido?
-¿Pero de qué…? Yo nunca te he robado nada. Ni siquiera te conozco.
-¡NO ME MIENTAS!
Presionó la pistola en si sien y sintió cómo el cuerpo del chico temblaba como un flan. Tal vez se hubiese confundido, pero era demasiada casualidad. La chaqueta era demasiado parecida aunque la ropa era totalmente distinta. Llevaba unos vaqueros negros y una camisa blanca. Parecía un hombre de negocios con aquella vestimenta, sin embargo las converse negras y desgastadas decían todo lo contrario. María aflojó casi imperceptiblemente la presión con la pistola.
-¿Cómo te llamas?- al no haber escuchado bien se lo volvió a preguntar más agresiva.
-¡Leo! Me… Me llamo Leo.
-¿Eres inmortal, Leo?
El muchacho la miró incrédulo. El sudor empapaba los mechones que caían por su frente. Le suplicó que le dejase ir, que se había equivocado de persona, pero María no daba su brazo a torcer.
-Mira… No sé qué te habrá hecho la persona a la que buscas, pero no soy yo. ¿De acuerdo? Te has equivocado. Así que, por favor, quítate de encima.
María se quedó hipnotizada por los ojos chocolate del muchacho, por sus carnosos labios, por sus anchos hombros. Sacudió la cabeza y decidió que no era una amenaza, aceptando que se había equivocado, aunque todavía no confiaba del todo en él. Se levantó del suelo ayudando al muchacho a levantarse también. Se quitaron el polvo de la ropa y María le propuso tomar un café.
-Quiero disculparme por… Apuntarte con la pistola. Te he dejado marca en la frente- el chico se llevó inconscientemente la mano a la frente- Suerte que la tapa el flequillo.
-No sé…- dudó- Tomar café con la persona que ha estado a punto de esparcir mi cerebro por el asfalto…- sonrió haciendo que María se sonrojase imperceptiblemente- Supongo que tengo tiempo.
Escondió la pistola con el seguro puesto y subió la cremallera de la cazadora. Entraron en el primer local que había al llegar de nuevo al paseo. Se sentaron en una mesa alejada de los ventanales y de la gente curiosa. La muchacha pidió un chocolate caliente, como tenía previsto cuando llegó allí, y su acompañante un caramel macchiato. Estuvieron en silencio hasta que les trajeron su pedido. María dio un pequeño sorbo a su chocolate y se lamió los labios. Leo mientras removía su propia taza miraba con curiosidad infinita a la joven. Las largas pestañas de la muchacha formaban sombras bajo sus ojos. Su rebelde cabello se le embrollaba en los brazos como enredaderas. Sonrió dando un trago y apartando la mirada.
-¿Vives por aquí cerca?- preguntó María tratando de romper el hielo.
-Un par de manzanas más abajo, hacia el sur. ¿Y tú? Tienes pinta de llevar aquí mucho tiempo.
-Más del que puedes imaginar- susurró- Vivo en uno de los nuevos edificios que hay al final de la avenida- mintió.
Siguieron comentando cosas triviales. María mintió en todo lo que le preguntaba, ya que todavía no sabía si fiarse de él. No podía confiar en nadie más que en sus hermanos y, pocas veces, en Tibby y los chicos. Esa muchacha apareció de la nada salvándoles el culo en uno de sus intentos por recuperar un pergamino del tipo encapuchado. Por suerte salieron con vida pero sin el pergamino. Solo por aquello trató de confiar en ella, no tanto como sus hermanos. Así fue como se unieron los seis en un equipo. Lo que no sabían era que había alguien que le filtraba información sobre los pergaminos a una séptima persona.
Cuando vaciaron sus tazas María pagó por ambos y salieron a la calle para irse cada uno por su camino. Se dieron la mano y la chica fue paseo arriba, en dirección contraria a su casa para despistarlo.
-Oye- llamó su atención Leo- No me has dicho cómo te llamas.
María se giró con una sonrisa traviesa en la cara y le dijo “-Sophie.”. Y desapareció entre el gentío.

Londres, 2011
Era principios de verano y ya empezaba a notarse que aumentaba levemente la temperatura. Hongbin aparcó la moto en una callejuela y se dirigió al Big Ben. Allí había quedado con María y Hyuk allí. Cuando se juntaron fueron hacia una zona poco concurrida. Habían descubierto que uno de los pergaminos estaba escondido en un cofre enterrado en el sótano de la casa de un frutero. Iban a entrar aquella misma noche pero al llegar se encontraron con algo que hizo que les hirviera la sangre. La primera en correr hacia el tan oportuno hombre encapuchado fue María, como siempre seguida de sus hermanos. Le lanzó la tapa de una papelera y le hizo tropezar pero se levantó con gran agilidad y continuó su carrera. La muchacha le lanzó una serie de improperios y le gritó que parase en vano. Decidió sacar la pistola y le disparó, pero su hermano la hizo fallar al intentar arrebatársela.
-No somos asesinos.
Entonces fue él quien les disparó a ellos. Se agacharon tras uno de los contenedores para cubrirse y el encapuchado los imitó. Sabía que no podría salir de allí a menos que volviera por donde habían llegado. Ninguno se atrevió a sacar la cabeza en varios minutos, pero entonces un francotirador casi le agujerea el cráneo a Hyuk de no ser por haberse movido en ese instante.
-No está solo.
El muchacho se levantó y comenzó a disparar al tejado mientras los otros dos avanzaban cautos hacia su objetivo, escondiéndose donde podían. El francotirador huyó cuando una bala de Hyuk le alcanzó el muslo. El encapuchado disparaba a diestro y siniestro. Salió de su escondrijo corriendo como alma que lleva el diablo, sin parar de disparar salvo para cambiar el cargador de la ametralladora. María y sus hermanos no podían hacer nada salvo salir a jugarse el culo. Cuando pasó por su lado para dirigirse a la salida comenzaron a dispararse mutuamente. A María le dio en el brazo derecho y perdió su arma. Mientras que a su hermano lo agujereó por completo y cayó al suelo como una pluma. En ese momento apareció una sombra que se le echó encima al encapuchado y lo derribó, pero no consiguió retenerlo y salió despavorido. Su salvadora se dio la vuelta y se arrodilló junto al cuerpo inerte de Hongbin. Hyuk se unió a ellos temblando, más asustado por lo que la desconocida iba a ver que por la muerte de su hermano. La sangre de Hongbin fue volviendo muy lentamente a su cuerpo. La muchacha miró la escena entre curiosa y aterrorizada. Vio cómo las heridas del muchacho se cerraban, y si no fuera por si ajada ropa creería que lo había soñado todo. Hongbin tardaría tres días en recuperarse del todo y renacer de nuevo. Hyuk lo levantó del suelo con ayuda de su hermana y se lo cargó a la espalda.
-Gracias por ayudarnos.
-No hay de qué- su voz era apenas un susurro y seguía con la mirada puesta en Hongbin- ¿Qué sois?
Vio cómo el brazo de María ya estaba totalmente curado. Alargó el brazo para tocarlo, pero esta se apartó. La desconocida se disculpó.
-¿Cómo te llamas, rubita?
-No soy rubia exactamente- se sacó una pequeña linterna del bolsillo e iluminó su pelo- Es más bien blanco- volvió a guardarla y alargó el brazo- Me llamo Tibby Hunter. ¿Qué se supone que buscabais de ese hombre?
-Eso no te incumbe.
Cortó María dirigiéndose a la avenida de nuevo a buscar la moto. La muchacha miró una vez a Hyuk y fue tras ella. Le hizo un interrogatorio tratando de averiguarlo todo, pero María no cedió. Tibby se puso frente a ella y le cortó el paso.
-¿Qué es lo que quieres?
-Unirme a vosotros- espetó- Sé que no nos conocemos y ni siquiera sé vuestros objetivos, pero sois dignos de observación.
-¿Crees que somos ratas de laboratorio?
-No me refería a eso... Por favor dejadme entrar en vuestro equipo. Soy buena peleando y sé utilizar cualquier tipo de arma- sacó un papel del bolsillo del pantalón y se lo tendió a María- Esta es mi dirección. Por favor, quiero ayudaros. Pasaos por allí cuando estéis listos.
Lo cogió a regañadientes y le preguntó si tenía coche. La muchacha asintió. Llamó a Hyuk y los cuatro subieron al coche para ir a casa de Tibby. Aparcó entre la maleza de al lado del edificio, camuflando así el coche. Cargaron con Hongbin y subieron los nueve pisos del edificio. Cuando llegaron arriba estaban sin aliento. La muchacha abrió la puerta y la recibió un joven con el pelo rojo sangre. Le dio un efusivo beso en los labios y entonces se percató de que tenía compañía. Le hizo pasar de inmediato y tumbaron a su hermano en el sofá. Se sentaron en el suelo cerca de él. Hyuk sin el consentimiento de su hermana accedió a contarles que buscaban unos manuscritos porque eran algo muy valioso para su familia, pero nada más.
-No podemos confiar en nadie. Si sigues interesada en ayudarnos tendrás que hacerlo con esa información.
-De acuerdo. No tengo problema.  Si no queréis contarme nada más no tengo por qué obligaros. Si alguna vez estáis dispuestos a sinceraros os escucharé con gusto- señaló a su novio- Este es Hakyeon. Es informático.
-Yo me llamo Hyuk. Ella es mi hermana María y él es Hongbin.
-¿Qué le ha pasado?- preguntó tímido Hakyeon.
-Se ha caído de la moto- le contestó Tibby.
Los muchachos le contaron todo lo que les pareció necesario sobre los pergaminos y se intercambiaron los números de teléfono para saber cuándo y dónde debían actuar. Accedieron a quedarse allí hasta que Hongbin se recuperó del todo. Hakyeon no confiaba del todo en que hubiese sido un accidente de moto pero no discutió. La mañana que despertó volvieron al piso y a su rutina diaria, solo que con dos aliados más.


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